hace 7 días
Hace bastante tiempo que vengo pensando en algo que, por comodidad, siempre termino llamando la paradoja de Wix. No es un concepto formal ni algo que haya leído en algún lado; es más bien una forma de ponerle nombre a una situación que me tocó vivir muchas veces y que, cada vez que aparece una nueva tecnología, vuelve de otra manera.
En su momento pasó con Wix, con Webflow, con todas las herramientas low-code y no-code. Y hoy, para mí, está pasando algo muy parecido con la AI.
Durante muchos años trabajé —y sigo trabajando— en desarrollo de software. Y por eso, bastante seguido, me cruzo con gente que no viene de este mundo y que me dice algo como: “che, necesito una página web para mi negocio”.
Y casi automáticamente, durante un tiempo largo, mi respuesta era: “usá Wix” o “usá Webflow”.
No lo decía como una chicana ni como un “arreglate solo”. Lo decía genuinamente convencido de que eran buenas herramientas, pensadas justamente para gente que no programa. Arrastrás cosas, escribís texto, publicás. Listo.
Y, sin embargo, la respuesta del otro lado muchas veces era algo así como: “no, pero no sé usar eso”.
Ahí siempre se daba una situación medio rara, porque mi reacción interna era pensar: pero justamente está hecho para que no sepas. Es como decir “no sé usar Gmail” o “no sé usar Word”. Nadie sabe usarlos en un sentido técnico; simplemente los usa.
Con el tiempo empecé a entender que el problema no era Wix, ni Webflow, ni la falta de ganas de aprender. El problema era otro.
Ahí es donde aparece lo que yo llamo la paradoja de Wix. La idea de que porque algo es técnicamente posible, o incluso técnicamente fácil, eso no implica que la gente lo vaya a hacer. Y mucho menos que vaya a resolver el problema que originalmente tenía.
En tecnología pasa todo el tiempo. Hay herramientas increíbles, súper bien hechas, con ideas brillantes detrás, que no logran despegar. Y no porque no funcionen, sino porque la existencia de una posibilidad técnica no crea automáticamente un deseo, una necesidad ni un hábito.
Que algo se pueda hacer no significa que alguien quiera hacerlo. Y eso, aunque parezca obvio, se nos escapa bastante seguido.
Hoy siento que con la AI estamos viviendo algo muy parecido, solo que amplificado. Herramientas que te prometen que ahora podés crear tu app, tu web, tu sistema, hablándole a una computadora. Que ya no necesitás saber programar, que ya no necesitás un equipo, que ya no necesitás nada.
Y ojo, no digo que eso sea mentira desde lo técnico. Desde lo técnico, muchas de esas cosas funcionan muy bien. Yo mismo uso AI para codear todo el tiempo.
El problema es otro.
El problema es que nadie quiere una app.
Nadie quiere software. Nadie se levanta a la mañana pensando “qué ganas de tener un sistema”. La gente quiere vender más, conseguir clientes, mostrar lo que hace, organizarse mejor, aprender algo, moverse de un lugar a otro. El software es un medio para eso, no el objetivo.
Cuando alguien dice “necesito una página web”, en realidad no necesita una página web. Necesita que lo encuentren, que confíen en él, que entiendan qué hace, que alguien le escriba o le compre. La web es solo una pieza dentro de todo ese problema, y ni siquiera la más importante muchas veces.
Entonces, cuando a alguien que ya tiene un problema le decís “bueno, ahora además armátelo vos”, aunque la herramienta sea sencilla, aunque sea arrastrar y soltar, le estás sumando un problema más. Le estás agregando decisiones, tiempo, frustración, algo que no era parte de su objetivo original.
Incluso si la herramienta es perfecta.
Por eso nunca me terminó de cerrar esa idea de que ahora, con mejores herramientas, todo el mundo va a hacerse su propio software. No pasó con Wix. No pasó con el no-code. Y no creo que pase ahora.
Eso no quiere decir que la AI no cambie nada. Al contrario, creo que cambia muchísimo. Pero cambia otra cosa.
Para mí, lo que hace la AI no es que haya más software en cantidad, sino software más complejo en manos de menos personas. Personas o equipos que ya entienden qué problema están resolviendo y que ahora pueden construir cosas que antes eran muy costosas, muy frágiles o directamente inviables.
La AI baja el costo de la complejidad, no elimina la necesidad de pensar.
Y ahí me parece que está el punto que muchas veces se pierde en el discurso. Se habla mucho de “democratizar el software”, pero se habla poco de entender el problema. Como si el problema hubiese sido siempre escribir código, cuando en realidad escribir código fue casi siempre la parte más fácil de todo el proceso.
Entender qué hacer, para quién, por qué, en qué contexto, con qué limitaciones, sigue siendo lo más difícil. Y eso no se resuelve con una herramienta más poderosa, sino con criterio, experiencia, sensibilidad y bastante prueba y error.
Quizás por eso me parece importante bajar un poco el volumen del hype y también del miedo. Ni la AI va a hacer que todo el mundo se convierta en programador, ni va a volver irrelevante a quienes trabajan en software. Simplemente cambia el terreno de juego.
Si nadie quiere software, entonces quienes hacemos software no nos dedicamos a “hacer apps”, sino a ayudar a resolver problemas reales usando el software como medio. Y eso, por ahora, sigue siendo un trabajo profundamente humano, bastante desordenado y difícil de automatizar.